Albertina, el palacio vienés convertido en museo de arte
La Albertina es uno de los museos más destacados de Viena y un referente mundial en el ámbito del dibujo, la gráfica y las artes visuales.
La Albertina es uno de los museos más destacados de Viena y un referente mundial en el ámbito del dibujo, la gráfica y las artes visuales. Ubicado en el centro histórico de la ciudad, junto a la Ópera Estatal, el museo ocupa un elegante palacio neoclásico que formó parte de las residencias de los Habsburgo. Su nombre proviene del duque Alberto de Sajonia-Teschen, yerno de la emperatriz María Teresa, quien fundó a finales del siglo XVIII una de las colecciones de arte gráfico más importantes de Europa. Con el paso del tiempo, esta colección creció enormemente, convirtiendo a la Albertina en una institución clave para el estudio de la historia del arte.
El edificio en sí tiene gran relevancia histórica. Construido originalmente como un bastión de la muralla medieval, fue transformado en un palacio representativo de la corte. A principios del siglo XIX, el arquitecto Louis Montoyer lo amplió para adaptarlo a las necesidades del duque Alberto, dando lugar a los elegantes Salones Estatales que aún hoy pueden visitarse. Estos espacios están decorados con estucos, mobiliario imperial y obras originales, y muestran cómo vivía la nobleza vienesa en tiempos del Imperio austrohúngaro.
La colección gráfica de la Albertina es su rasgo más característico. Reúne más de un millón de dibujos, grabados y obras en papel, un fondo gigantesco que abarca desde la Edad Media hasta la actualidad. Entre sus piezas más conocidas se encuentran auténticos iconos de la historia del arte: el “Joven Liebre” (1502) de Alberto Durero, probablemente el dibujo más famoso del mundo; el “Hombre de Vitruvio” de Leonardo da Vinci (expuesto solo en ocasiones excepcionales debido a su fragilidad); así como obras de Miguel Ángel, Rafael, Rubens, Rembrandt, Klimt, Schiele y Picasso. Debido a la naturaleza delicada del papel, estas piezas no pueden exhibirse de forma permanente; en su lugar, el museo organiza exposiciones temporales que rotan el material para garantizar su conservación.
Además de su colección gráfica, la Albertina alberga una importante colección de arte moderno y contemporáneo, gracias a adquisiciones y donaciones realizadas en el siglo XX y XXI. Entre ellas destaca la Colección Batliner, una de las más completas de Europa en pintura moderna, con obras de artistas como Monet, Degas, Cézanne, Matisse, Chagall, Kandinsky y Rothko. Esta sección permite al visitante recorrer la evolución del arte desde el impresionismo hasta el expresionismo abstracto.
El museo también ha ampliado recientemente su oferta expositiva con la Albertina Modern, una sede adicional abierta en 2020 que se centra exclusivamente en arte contemporáneo, desde 1945 hasta hoy. Entre ambas instituciones, la Albertina ofrece una visión completa y dinámica del arte de los últimos cinco siglos.
Además de su valor artístico, la Albertina se caracteriza por su papel activo como organizador de exposiciones temporales de gran prestigio, que suelen atraer a un público internacional. Su programación combina clásicos con artistas contemporáneos, lo que refuerza su reputación como una institución moderna, accesible y relevante.
En resumen, la Albertina es un museo que combina patrimonio histórico, riqueza artística y excelencia curatorial, convirtiéndose en uno de los pilares culturales de Viena y un destino imprescindible para los amantes del arte.
La historia del árbol de Navidad
Todo comenzó en Austria, un día de diciembre en la Viena profundamente nevada.
La historia del árbol de Navidad en Austria comenzó en un día de diciembre en la Viena profundamente nevada. En 1823, la archiduquesa Henriette de Weilburg-Nassau, esposa del archiduque Carlos, planeó celebrar la primera Navidad en la sala de audiencias de su señorial palacio residencial, lo que hoy es la Albertina. Decidió, por sus hijos, continuar también en Viena la costumbre protestante del “Graßbaum” que se practicaba en Hesse.
Junto con el emperador Francisco I, la familia archiducal se reunió en la Nochebuena para rezar juntos y cantar canciones tradicionales ante el magníficamente decorado árbol de Navidad. Cuando el archiduque Juan, hermano del archiduque Carlos, encontró en la Nochebuena, en lugar de un pesebre, un brillante “Graßbaum”, ricamente adornado con dulces, manzanas y velas, este Habsburgo —conocido por su carácter caritativo y austero— lamentó el lujo y el exceso de valiosas velas de cera y golosinas.
Al año siguiente, el emperador mandó colocar también en la Hofburg un abeto ricamente decorado, y pocos años más tarde cada familia austríaca poseía un árbol de Navidad. Hasta hoy, está inseparablemente ligado a la celebración navideña típica de Austria.